LA INACCESABILIDAD PLENA DE LOS FINES OBJETIVOS

 

Esos fines objetivos para cada uno no son abarcables por ninguna mente humana. Si difícilmente uno mismo consigue descubrir los propios, no digamos de lo errado que está quien se erige en detenta­dor de los fines objetivos de todos .33

El Teorema General de Imposibilidad de Arrow indica que «si excluimos la posibilidad de hacer comparaciones interpersonales de utilidad, entonces los únicos métodos para pasar de los gustos indivi­duales a preferencias sociales, que sean satisfactorios y que estén definidos para un amplio campo de conjuntos de ordenaciones indi­viduales, serán impuestos o dictatoriales,». 34

La norma de la mayoría tampoco es indicativa de aproximación a los fines objetivos. Se mueve siempre en el plano subjetivo.

El concepto sobre los fines de la sociedad no proviene, necesaria­mente, ni de una autoridad impuesta o dictatorial que suplante las expectativas de cada uno de los individuos, ni tan siquiera de normas sancionadas por una mayoría que siempre será una mayoría subjeti­va. Proviene de un acercamiento, generalizado lo más posible, hacia ese ideal utópico objetivo en base al cual se puede formar alguna función de bienestar social.

Como medio de asegurar una «voluntad general» se puede acudir al principio de la mayoría, pero, como indica Knight, no debe plan­tearse como un mecanismo mediante el cual un conjunto de intereses se subordina a otro. Añade, además, que la discusión político-econó­mica debe suponerse que representa la búsqueda de una política objetivamente ideal u «óptima» no una contrastación de intereses. 35

Ni la fuerza de un poder estatal dictatorial, ni el imperativo de la mayoría, pueden sustraer al individuo el derecho y el deber de la búsqueda de su fin y la responsabilidad de la realización, meritoria o censurable, de su actuar. La persona, fin de la actividad económi­ca, se distingue de las cosas, precisamente, porque es capaz de cono­cerse, conocer sus fines y autodeterminarse hacia ellos, ser dueña de sí misma, ser libre en definitiva. Esa capacidad de conocer los fines objetivos de su naturaleza y de encaminarse hacia su consecución fundamenta la causalidad objetiva del valor económico. 36

El concepto de valor «social» ha sido útil al sugerir que podría­mos encontrar el denominador común de diferentes valores reinantes en una sociedad dada. Pero también puede conducirmos a una trans­ferencia de la responsabilidad moral desde el individuo al vago tér­mino colectivo de «sociedad». Hablando estrictamente, cada uno debería compartir las responsabilidades morales de los valores que reinan en la sociedad en que vive y el juicio de valor no se convierte automáticamente en mejor o éticamente más deseable, sólo por el hecho de que un gran número de personas lo suscriban, aunque es humano deducir fuerza del hecho de que nuestros conceptos y nues­tras creencias se compartan por un gran número de conciudadanos.

«Finalmente, por lo tanto, cuando el economista abandona el análisis del bienestar en sentido estricto y penetra en el reino de la política práctica y tiene en cuenta sus efectos sobre el bienestar hu­mano en el sentido más amplio, ha de hacer uso explícitamente de sus propios valores éticos o compartir la responsabilidad moral de aceptar los valores éticos de la mayoría de las personas de la sociedad en que él vive, que él puede observar (tal vez con una gran exacti­tud). Esta última solución no le permite mantener una posición de neutralidad ética; simplemente acepta en forma implícita el siguiente juicio de valor: que es mejor confiar en el sentido común de la mayoría de los hombres corrientes que aceptar la guía moral de la minoría de personas instruidas, incluyéndose él mismo». 37

Sólo si se reconoce que hay valores objetivos permanentes, por encima o como fundamento de los subjetivos, es posible encontrar un lugar acomodado para la política económica que no venga im­puesto por un supuesto curso dictatorial de la historia ni por el arbitrio de las ocurrencias o los intereses de los individuos. Incluso si la democracia olvida estas realidades v con soberbia autosuficiente y omnisciente se idolatra, invadiendo todos los ámbitos de la vida social, acaba en tiranía y sofoca, a su vez, todas las fuerzas creadoras del valor en el ámbito económico.

El fin último existe, es real; el orden natural derivado del mismo no es eliminado, permanece como medida intrínseca de los actos humanos, midiendo su plenitud humana, midiendo su conformidad o disconformidad respecto al orden intrínseco de la naturaleza hu­mana. La riqueza unitaria y libre, llena de los más variados matices de orden objetivo, se hace inaccesible en toda su plenitud para deter­minado ser humano o grupo de seres humanos. La tarea subjetiva personal consiste en reducir lo más posible el diferencial entre esa plenitud objetiva y nuestro propio esquema de actuación subjetivo.

La subjetividad se abre a la realidad de lo objetivo. La conducta objetiva no se confunde con la neutralidad. Implica, más bien, un compromiso con la realidad de los objeto.

En palabras de Messer, aplicadas al valor en general, pero aplica­bles al valor económico: «El valor de algo, sea persona o cosa, no es puesto por el acto que estima o valora, sino meramente reconocido, no es inventado, sino descubierto». 38

Los valores, según Scheler, son «cualidades irreductibles, esen­cias unidas a significaciones». Lo que varía no son esos valores obje­tivos, sino la «conciencia del valor», aprendiendo, más o menos intensamente, del mismo valor objetivo.

Las realidades materiales son medios para alcanzar los fines más elevados del hombre. Lo importante es lo que hagamos con ellos. En sí se puede decir que son neutros, su uso en definitiva nos marca su valor para nosotros. El utilizarlas lo mejor posible implica respetar esas cosas y sus fines; emplearlas para lo que son, configurarlas de acuerdo con sus finalidades esenciales.

«La actitud de referencia a la realidad objetiva implica un intere­sarse por el objeto mismo, coadyuvar con él en la patencización y realización del proyecto que en sí mismo lleva, poniendo entre pa­réntesis la acción propia del sujeto, sin consideración de utilidad alguna. Se trata de “conspirar” con los objetos» .39

Los actos que nos dirigen al fin último presuponen el ejercicio de actitudes que garantizan el equilibrio y correcto desarrollo de la vida individual, económica y social del hombre.

La teoría del valor no puede renunciar a estas consideraciones que surgen de la existencia de una causalidad objetiva. No podemos quedamos en la causalidad meramente subjetiva. Esta actúa toman­do aquélla como punto de referencia. El esfuerzo por conseguir una aproximación mayor hacia el resultado objetivo no es un esfuerzo inútil, -porque estas causas finales objetivas son las que fundan todo el edificio del valor económico- .

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33   WALRAS: «Todo ser que no se conoce y no es dueño de sí mismo, es una cosa. Todo ser que se conoce y es dueño de sí mismo es una persona.» «La persona (…), por el hecho de conocerse y ser dueña de sí misma, se encuentra obligada a la búsqueda de su fin y es responsable de la realización de su destino; será meritoria si lo lleva a cabo, y censurable en el caso opuesto. Tiene, por tanto, una capacidad ilimitada de subordinar el fin de las cosas al suyo propio. Esta capacidad, esta libertad, reviste un carácter particular: es un poder moral, un derecho. Éste es el fundamento del derecho de las personas sobre las cosas» (op. cit., pp. 152-153).
34    ARROW, op. cit., p. 148.
35  YINT, op. Cit., p. 296. Cfr. KNIGHT, Economic Theory and Nationalism.
36  WALRAS, op. cit., pp. 152-153.
37  MYINT, op. cit., pp. 386-387.
38    MESSER, La estimativa o filosofía de los valores, Madrid 1932, p. 19.
39    LLANO, A.. op. cit., p. 35.

 

 FUNDAMENTOS DEL VALOR ECONÓMICO

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