LA VOZ DE LA MEMORIA

Los economistas, como todos, estamos encarcelados en el tiempo presente cumpliendo nuestra cadena perpetua particular sin esperanza de indulto antes de la muerte. Estamos siempre, y todos han estado, prisioneros de esa dinámica temporal inquietante, pero que muchas veces rebosa también esperanzas pacíficas y chispazos de luz renovadora. Es peligroso atiborrarse del presente porque esa obsesión por la temporalidad inmediata no nos deja ver el modo de vivir y de pensar de quienes nos precedieron. Para ellos, lo importante y decisivo no era muy distinto de lo que es esencial también para nosotros. El rabioso presente puede sofocar las reflexiones de otras personas iguales a nosotros, pero que vivieron en circunstancias distintas y de las que tanto podríamos aprender. Como explica Emilio Lledó en La memoria del Logos: “Emparedados en el presente, urgidos y condicionados por el mundo que nos rodea, sólo podemos respirar por la historia, por la memoria colectiva. Y es a través de esa memoria como podemos escuchar la voz de los textos y descubrir que sus mensajes no son pura letra; porque nunca nadie escribió por escribir”.

Respecto al precio de las cosas no se atiende a la naturaleza de las mismas, cuando entre la cosa que se  vende y la que se compra no existe ninguna proporción, pues son de diversa especie, sino que se atiende a la estimación y convenio común de los hombres…Queda pues que el precio de la cosa ha de ser buscado en la común estimación de los hombres.

 Además el dinero varía según los diversos tiempos y lugar; lo que, sin embargo, no ocurriría si por naturaleza del dinero existiese un precio del mismo dinero, es decir, tanto valor.

 Se sigue de este principio que donde quiera se halla alguna cosa venal de modo que existen muchos compradores y vendedores de ella, no se debe tener en cuenta la naturaleza de la cosa, ni el precio al que fue comprada, es decir, lo caro que costó y con cuantos trabajos y peligros.

Francisco de Vitoria (1483-1546) Comentarios a la II-II de la Summa Theologica de Santo Tomás Questio 77, art. 1 Texto que proviene de Restituto Sierra Bravo, El pensamiento social y económico de la Escolástica, Madrid, 1975, pp. 603-605.

 

FUNCIÓN ÉTICA Y ECONÓMICA DEL AHORRO

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        Ludwig von Mises dejó escrito en “La acción humana”:”Si lo consumido supera a la renta, la correspondiente diferencia constituye lo que se denomina consumo de capital. Por el contrario, si la renta es superior al consumo, la diferencia es ahorro.(…) Cada paso que el hombre da hacia un mejor nivel de vida se halla invariablemente amparado en previo ahorro (…) Es por ello por lo que cabe afirmar que el ahorro y la consiguiente acumulación de bienes de capital constituyen la base de todo progreso material y el fundamento, en definitiva, de la civilización humana. Sin ahorro y sin acumulación de capital imposible resulta apuntar hacia objetivos de tipo espiritual.”
        No he encontrado mejor descripción de la interdependencia temporal de  consumo, ahorro e inversión y de la virtualidad económica y ética del ahorro. El ahorro es a la vez fruto del trabajo productivo anterior y de la abstención de consumo actual con miras  a potenciar la capacidad de crear riqueza en el futuro. Para conseguir ahorrar se necesita conjugar muchas virtudes como la laboriosidad y el bien hacer empresarial y personal, la austeridad inteligente, la prudencia no timorata, la sensatez, el temple de no depender de los demás, la visión de futuro, …etc. Lo ahorrado permite acometer por nosotros mismos, o financiar para que acometan otros, nuevos proyectos empresariales creadores de empleo y riqueza. Es la fuente del desarrollo económico. Por eso es lógico que todo aquello que lo estimule sea positivo y lo que lo entorpezca negativo.
          Si el ahorro es, además de riqueza fruto del trabajo anterior, ausencia de consumo, todo lo que sea fomentar el consumo improductivo que se dilapida en una mera ilusión efímera y hedonista, perjudica al ahorro. Para ahorrar se necesita ejercer un dominio personal y empresarial que implica una cierta moderación y ordenación en las diversas actividades humanas. El desorden aparece cuando se usan los bienes terrenales con exceso o fuera de la medida necesaria para la consecución de los fines. Una cierta austeridad creadora evitan que el hombre se sumerja por completo en lo material y ese autodominio, guiado por la inteligencia, fortalece y enriquece la voluntad y aumenta la libertad para conseguir su plenitud humana en el orden profesional y personal. En una sociedad donde la comodidad es ensalzada hasta cotas estridentes, se confunde la cima de la vida y el prestigio social con la ostentación material. Es difícil que el ahorro prospere en estos ambientes sociales. Su declive arrastra tras de sí el descenso de la inversión y la falta de vitalidad del mundo financiero y de la economía real.

En la economía real, no teórica, la norma es la norma que nos marcan los apremios de la naturaleza humana y, por tanto, la única lógica es la lógica de la naturaleza humana. Esa norma y esa lógica marcan las dosis, combinaciones, formas, calidades y medidas de los distintos bienes y servicios; y a producir esos bienes y servicios últimos con esas dosis, combinaciones, formas, calidades, proporciones y medidas se adecuan los distintos medios de producción en cada etapa productiva.

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